En Kenia, con un manojo de pinceles

Miguel Aranguren, articulista habitual de Woman Essentia, nos relata su experiencia como pintor de frescos para las iglesias de Kitui, una provincia del interior del país africano.

¿Quién no guarda, como un tesoro, algún lugar que le reconcilia con la vida? El que ha disfrutado de una infancia feliz, conserva los rincones de la casa de sus abuelos, la habitación de los juegos, un jardín o un parque como si fueran cristales de colores. Quien fue dichoso durante la adolescencia, no se desprende de las cartas de sus primeros amores o del paisaje del verano. En ocasiones se trata de algo tan humilde como una vieja fotografía, la dedicatoria en un libro o las entradas de un teatro. Otras veces -¡tantas veces!- es un olor que en un instante nos devuelve a un momento concreto en el que fuimos dichosos: el que despide la hierba recién segada, el de los campos secos de la Meseta, el del agua de los ríos o el del yodo que se desprende del mar. Son bellezas interiores, emociones intangibles, los retales más plásticos de nuestra existencia y, por eso, lo más expresivos de lo que fuimos y lo que somos.

Mis tesoros forman parte de una intimidad que a veces comparto con los personajes de mis novelas o se convierten en una confidencia para los lectores de mis artículos. Por tanto, a muchos no se les escapa lo que Kenia significa para mí: hasta allí viajé por primera vez a los diecisiete años, para vivir una aventura en la que se mezclaron el descubrimiento de África y sus habitantes, la seducción del paisaje y las fauna, la pobreza, el descubrimiento de Dios y la muerte heroica de una persona muy querida. Una composición arrebatadora para quien escribe estas líneas.

“Mis tesoros forman parte de una intimidad que a veces comparto con los personajes de mis novelas o se convierten en una confidencia para los lectores de mis artículos”

Volver, volver…

Por eso volver a Kenia se convirtió en una constante de aquella juventud diferente, que descargué en forma de diario mientras mis sentidos caían vencidos por una amalgama de colores, sabores y olores que con insistencia traté de reproducir en numerosos textos, dibujos y acuarelas. Cuando iba a nacer el primero de mis hijos regresé una vez más por la senda que me conduce a un pretérito en el que fui inmensamente feliz, donde el sol cae a plomo y la noche se convierte en una bóveda de estrellas ecuatoriales.

Mi corazón está desde entonces dividido o, mejor dicho, expandido por aquellos escenarios y los de la rutina -también apasionante- de España. Conservo las cartas mataselladas en Nairobi, estelas de viejos amigos que pertenecen a una cultura tan distinta a la nuestra. En cada uno de aquellos sobres azules parece haber un pellizco de la arcilla que cubre las High Lands, tapiz de campos de té, o unas ramas espinosas de las acacias que jalonan la sabana.

En Nairobi tuve la fortuna de conocer a Santa Teresa de Calcuta, y de pasar mucho tiempo con sus monjas, que cuidan de los más pobres entre los millones de pobres que se arraciman por los guetos sin alcantarillas, reinos de violencia y miseria. Y me hice amigo de los niños de la calle que revuelven las basuras en busca de restos de comida mientras aspiran los vapores del pegamento.

Pinturas religiosas

Hace unas semanas he vivido un nuevo periplo africano. Esta vez la aventura tenía un sentido especial y distinto gracias a bishop Anthony Muheria, un obispo católico que conocí en aquel viaje de mi adolescencia, experiencia que dio pie a mi primera novela “Desde un tren africano” (editorial Palabra). Por aquel entonces, Anthony era un jovencísimo ingeniero que vivía en Strahmore School, el primer colegio interracial del país. Él era ya por entonces un hombre de finísima inteligencia y un humor arrebatador. Dos años después se responsabilizó de dirigir un campo de trabajo al que nos unimos un puñado de universitarios kenianos y españoles, en el que construimos una granja para una escuela muy pobre en Githinguri, en el área de la tribu kikuyu, que permitió que los alumnos internos pudieran hacer tres comidas diarias.

El pasado año fui a visitarle a su sede episcopal, en Kitui, en la provincia de la tribu kikamba. Durante los años en los que no nos habíamos visto, Anthony había recibido la ordenación sacerdotal y, más adelante, la episcopal. Después de recordar los viejos tiempos, aprovechó para invitarme a conocer algunas iglesias en compañía de uno de sus sacerdotes. Cuando me encontré con el estado de aquellos templos (son muy pobres: más allá del Sagrario y, en algunas ocasiones, de un molde en yeso de la Virgen, no hay imágenes ni pinturas que adornen el interior de las iglesias y que, de paso, narren algunas escenas de las Sagradas Escrituras), pensé en las dificultades de los sacerdotes y catequistas a la hora de explicar la narración bíblica.

Una vuelta atrás en la historia

Me vinieron a la cabeza los templos del medievo, cuando pintores, tallistas y escultores plasmaban diferentes escenas y figuras para que el pueblo –por aquel entonces analfabeto- pudiera entender mejor los textos sagrados. Esa fue la razón de los retablos y de tantísimas otras obras artísticas que contemplamos con asombro y delectación. Salvando las distancias, los católicos kikamba de la diócesis de Kitui se parecen a aquellos cristianos de la antigüedad, pues buena parte de la población no sabe leer ni escribir. Además, la Iglesia católica siempre se ha servido de las obras artísticas como representación de los misterios que unen Cielo y Tierra.

Le sugerí a Bishop Muheria la posibilidad de regresar a Kitui con el propósito de pintar algunos frescos, destreza que sólo había tenido ocasión de practicar en un hogar de acogida para los niños de la calle, en Nairobi.

A lo largo del año, gracias al sistema de whatsapp y correo electrónico, le fui enviado distintos bocetos que podían ajustarse a los temas que él me sugería y a los templos que había escogido como “cobayas” de esta experiencia. También conté con los consejos de Pilar Castañón, directora de esta revista y pintora de murales.

Al fin tomé un avión, acompañado por mi hermano Gabriel, y su hijo mayor, Alvaro, con los que había formado el grupo de pintores.

Fueron días de trabajo intenso, en los que aprovechamos el ciclo del sol. Gabriel, que es un magnífico organizador, dividió las pocas horas que disponíamos para realizar cada fresco. Después de encajar los encuadres, me ocupé de dibujar cada escena (algunas de un metro y medio por dos metros y medio). Mi hermano y mi sobrino, de las mezclas y de pintar las manchas principales de cada mural. Manos, pies y cabezas de los personajes me tocaban a mí. Por último, Gabriel remataba adornos y perfilaba. Nuestro propósito fue conseguir imágenes luminosas y muy coloridas, con las que los fieles pudieran sentirse identificados.

Bajo la luna africana

Pintar en África tiene una magia especial, sobre todo cuando uno se enfrenta a obras de semejantes proporciones. El equipo de ayudantes (algún seminarista y hombres que pasaban por las parroquias) construyó un andamio, que en ocasiones se nos quedaba corto para llegar a lo más alto de las escenas, lo que nos obligaba a colocar una silla sobre las tablas e, incluso, una escalera, lo que aportaba la emoción de trabajar con un bamboleo tan sugerente como las canciones que entonaban a coro los niños, para los que nos convertimos en una atracción.

Por otro lado, me conmovía presenciar la devoción de algunos cristianos, especialmente la de las mujeres, mientras pintábamos. Llegaban de sus granjas, algunas con los pies descalzos, para hincarse unos minutos de rodillas. Rezaban sin prestarnos atención, a pesar de que para la gente de allí nos habíamos convertido en una curiosísima novedad.

Me viene a la cabeza la luna africana, llena durante aquellos días que pasamos en Kitui, que como una yema amarilla trepaba hacia el cénit del cielo cuando volvíamos a descansar, una vez finalizada la jornada. Coincidía con el momento en el que la gente de aquella provincia regresaba también a sus casas, sencillas construcciones de piedra o de adobe, para disfrutar en familia de la única comida del día. A ambos lados de la carretera veíamos los campos de maíz, que se habían agostado antes de que brotaran los frutos, pues las lluvias se han retrasado, lo que traerá consigo meses de hambre.

En la misa dominical, salpicada de cantos y bailes, el párroco presentó las pinturas en una de las iglesias en las que trabajamos. Hubo una ovación con gritos de júbilo. Las paredes desnudas tenían ahora una colección de ángeles, una Natividad y el Taller de José. En la nave habíamos dejado la Anunciación y la Huida a Egipto.

Por ahora, misión cumplida. En nuestra voluntad está el propósito de volver.

1 Comment
  1. ¡Precioso!!! Hay que volver y publicar todos los frescos.

    Enhorabuena, qué sencillo es construir el Reino de los cielos.

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