Los niños de las aguas

No conozco a fondo la cultura japonesa, pero con un simple vistazo es fácil apreciar la exquisitez de muchas de sus artes, en las que casi todas las habilidades, al estar dotadas de un propósito claro de transmitir belleza, se nombran con un sustantivo que va más allá de lo que representa. De tal modo, la caligrafía es mucho más que mera caligrafía, un vuelo sutil de la muñeca capaz de dictar con golpes de tinta lo que pasa por el corazón del escribiente. Lo mismo sucede con la manufactura de la seda, del papel de arroz, de la ilustración tan fácilmente reconocible… Ese cuidado de la estética empapa la vida corriente de aquellos que no han roto con las tradiciones, de los que no se han lanzado a los brazos de los modos y maneras de occidente renunciando a su asombro milenario. Se aprecia en la decoración doméstica, de pocos muebles, con esteras finísimas que pisan con sus pies embutidos en limpísimos calcetines. Se aprecia en el ceremonial del té, en la hospitalidad con que reciben al visitante, en la sencilla cocina que requiere tantas horas de filigranas o en el respeto con el que se atiende a los abuelos.

Pero Japón tiene otras caras bien distintas. Una de ellas: el sufrimiento sin parangón de aquellas dos bombas que convirtieron Nagasaki e Hirosima en un infierno, no sólo para los habitantes del final de la última Guerra Mundial, sino para muchos de sus descendientes, enfermos a causa de la radiación. A pesar de que aquellas fueron dos de las más terribles matanzas del siglo XX, Hollywood distrajo la atención para que apenas sean escenario trasversal de sus películas militares. Por eso juzgo imprescindible la lectura de la maravillosa novela de Paul Glynn, “Réquiem por Nagasaki”, que biografía la epopeya del doctor Takashi Nagai, al que la brutalidad de aquel horror en el que se dejó la vida le dio como regalo la renuncia al pesimismo ateo para abrazar el cristianismo.

 

Otra de las caras del Japón la representan tantos millones de hombres y mujeres anónimos que copan los rascacielos de ciudades infinitas, que han deificado el trabajo hasta perder su identidad. Es como si la oficina fuera para ellos la redención obligada de un pasado oprobioso. Por esos sus relaciones personales apenas tienen recorrido. Por eso, incluso, parecen no tener nombre. Por eso hay jóvenes que viven encerrados en sus habitaciones, sin amigos, sin nadie a quien amar. Por eso Japón tiene una de las tasas más altas de suicidio

 

La jardinería también es un arte en el extenso país del oriente, que va más allá de la botánica. Cada planta, cada árbol cobra un sentido individual, más aún en lo que ellos llaman “jardines secos”, de arena y piedra. En Kioto hay un templo budista que no forma parte del recorrido de los paquetes turísticos, en el que cobra una fuerza inusitada la colocación de sus ornamentos, especialmente una colección de estatuillas de piedra al aire libre, situadas deliberadamente en grupo, como protegiéndose las unas a las otras. Representan a los “niños de las aguas”. Su aspecto es el de unos niños desvalidos que se necesitan los unos de los otros. Y es que son la imagen, según los monjes, de los pequeños que fueron arrancados del seno materno antes de nacer. Para sorpresa del visitante, las estatuas están vestidas (con bufandas y gorros de lana, con camisitas de bebé…). No es una costumbre de la ciudad ni una labor espiritual encomendada a los ascetas, sino el desahogo de tantas mujeres que se vieron en el callejón sin salida de un embarazo no previsto ni deseado. Sin salida porque nadie les dio otra oportunidad; porque en su entorno no hallaron una palabra de comprensión, una mano amiga. Por eso las visten, para que al otro lado del tapiz de la vida sus pequeños no pasen frío.

Japón vive también una pasión desmedida por las mascotas. De hecho, el negocio relacionado con los animales de compañía es uno de los más beneficiosos en la nación nipona. Esos perros con armario, esos gatos con jacuzzi han venido a copar la soledad de tanta gente que no encuentran a quien entregarse. Ante el andar de esos animalitos que llevan correas enjoyadas, los “niños de las aguas” dejan escapar lágrimas mudas, tendiendo sus brazos fantasmagóricos en busca de un arrullo.

 

 

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