Perfecta a los 40

Fotografía Milagros Iglesias

Se ha mirado en el espejo. Se ha remirado. La primera de las veces sin convencimiento. De refilón. Haciendo desfilar la mirada por encima del hombro. Tratando de desenfocar la vista como si sufriera una miopía galopante. La segunda, con temeridad. Haciéndose daño. Frente al espejo. Recorriendo con sadismo cada una de las imperfecciones de su cuerpo: la carne fláccida, blanca, cenicienta después de todo un invierno al abrigo de la tela. Ha hundido el dedo en el muslo y ha comprobado cómo, alrededor, se formaban olas de grasa. Ha azotado el brazo, en alto, embobada por el movimiento cimbreante del músculo que cae desganado con una mueca de tristeza. Ha posado la vista en la barriga; la graciosa curva de adolescente ha hecho su propio viaje en los últimos años; como si una tormenta de arena hubiera –en vez de dulcificar su superficie- depositado en ella todos los deshechos y sedimentos que encontró a su paso.

Vista así, se ve vieja. Se ve vieja a sus cuarenta años. Siente desgana de su sexo. Vergüenza de su cuerpo. Es mucho más que mostrarse en la playa ante los ojos ávidos de sus amigas, es desnudarse frente a él, sintiendo que quizás sus curvas ya no son tan apetecibles como lo fueron. Sin darse cuenta de que él, también está más: más fláccido, más orondo, más mayor de lo que eran cuando se conocieron.

El cuerpo, su cuerpo, la obsesiona. Como si todo lo que ella fuera, se lo aportaran sus 69 kilos repartidos en 168 centímetros de altura, su culo, sus pechos, sus canas –por el momento- bien disimuladas. 14600 días de primaveras, veranos, otoños, inviernos… que ella reduce a dos vaqueros que le torturan las carnes y media docena de camisetas que descubren imprudentes músculos dormidos, magros, otrora vivos y ahora mudos.

Se pregunta por qué nadie le advirtió de que la juventud envejece. Que se marchita su lozanía.

Pero cada verano es igual. Llega el momento de descubrirse, ante los demás y ante sí misma. Dejar a la vista esas imperfecciones que son para ella una presa en medio de un caudal de agua desbordante. Cuando está con otras mujeres se siente empequeñecer, no puede dejar de compararse con ellas. Le parecen más altas, más guapas, más delgadas. Lo mismo le sucede cuando abre el armario: busca, remueve las prendas, baraja combinaciones, se pregunta qué llevarán las otras, se prueba y ahí es donde viene el problema. Todo le aprieta, todo le hace parecer mayor, en definitiva, vieja…

Hoy se decide por un vestido maxi de estampado floral hasta los tobillos. No se siente con ánimo para ofrecer su versión de ‘femme fatal’, prefiere una imagen más discreta y menos exigente consigo misma. Levanta los brazos y la viscosa del vestido se va posando mimosa y ligera sobre sus hombros, sus pechos, sus caderas, hasta aterrizar rozando los pies. Se mira, tiene que reconocer que los tonos verdosos y amarillos pastel le favorecen. El escote en uve, rematado con una romántica puntilla lechosa, le da un toque sexy, eso le gusta. Entonces, suelta su cascada de pelo negro y la alborota con un golpe de cabeza. Por momentos se va sintiendo mejor. De entre sus sandalias escoge unas planas, con toques dorados que ata con unas cuerdas en torno a los gemelos. Se da dos brochazos en las mejillas y tres toques de un suave carmín rosado. Ha elegido la visión más amable de sí misma y en esa comodidad del vestido holgado, la sandalia plana y la cara casi lavada se siente feliz.

Apenas tiene tiempo para reaccionar. Un minuto antes su reflejo flotaba en el espejo y ahora se encuentra allí, a su lado. Marco la envuelve con sus brazos, posa su cabeza en el hombro desnudo como queriendo oler todo de ella. La besa, la acaricia, la estrecha y a Laura, entonces, se le olvidan las olas de grasa, la flaccidez de sus músculos… Primero sonríe, luego libera una sinfonía de carcajadas. Sienten ganas el uno del otro. Cada beso dado le recuerda quién es ella: dulce, apasionada, imaginativa, tierna… Cada caricia recibida todo lo que se quieren y se desean.

Laura se siente fuerte, se siente MUJER en sus cuarenta años. Mujer, con todos los matices: poderosa, bella, segura de sí misma. No sabe cuánto durará esa sensación, pero sí que no se le olvidará el camino, que sabrá encontrarlo de nuevo.

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