El poder de influir, con la palabra

Todos los seres humanos necesitamos comunicarnos, interactuar unos con otros y sin duda, la palabra, es la mejor herramienta para hacerlo.

La palabra rompe la soledad y nos ayuda a interactuar de una forma directa ya que el hombre está destinado por naturaleza a la comunicación. Pero en un mundo donde el exceso de mensajes en todos los sentidos y por diversas fuentes hace que estos pierdan credibilidad, acertar con la palabra y como hacerlo, hace que este esfuerzo tenga más valor.

A través de la comunicación entregamos y recibimos un mensaje, hay un emisor y un receptor del mensaje del primero, y este acto forma parte de nuestra vida cotidiana tanto como el respirar. La forma en que lo hagamos y el valor del mensaje que transmitimos, hará que este tenga un mayor impacto en el oyente.

Nos surge así la pregunta del millón ¿un gran orador nace o se hace? .

La glosofóbia, o sensación de nerviosismo al tener que hablar en público, es una patología que afecta al 75% de la población española según un estudio realizado por Adecco Profesional. Es decir, hay poca gente que nace con el don de la palabra, así que hay que aprender y practicar. Aunque esto empieza a cambiar, es una pena que en las aulas de colegios y universidades no se enseñe a hablar, a debatir y sobretodo a una cosa muy importante: a dialogar, ya que el diálogo es la base de la comunicación.

De esta forma, mejorar la forma de hablar en público no está reservado exclusivamente a personas influyentes (si bien algunas han llegado a tener ese poder de influir gracias a la forma de transmitir su mensaje), ni a profesionales, políticos, empresarios o conferenciantes, sino que mejorar nuestra forma de comunicarnos está alcance de todos y todos podemos beneficiarnos de ello.

Estar en contacto con el mundo que nos rodea nos obliga al intercambio de mensajes, en la medida en que este intercambio se realice de la mejor manera posible, el resultado de nuestras palabras será más efectivo, tanto en relación al mensaje que queremos transmitir, como en la pretendida eficacia del mismo.

Tener conocimientos o hacer muchas cosas, tampoco es suficiente para saber transmitir mensajes eficaces o que tengan un impacto en la audiencia. Si Barack Obama o Mark Zuckerberg han necesitado ayuda, no debemos cuestionar que nosotros la necesitemos.

“El que sabe pensar pero no sabe expresar lo que piensa, está al mismo nivel del que no sabe pensar”  Pericles.

Desde la creación de la oratoria, considerada como el arte de hablar con elocuencia, esta constituye uno de los temas más fascinantes de la historia de la humanidad. Se ha dicho siempre, que así como la finalidad de la didáctica es enseñar y la de la poética deleitar, el objetivo de la oratoria es convencer de algo o persuadir a alguien, expresándonos con claridad, desenvoltura y con confianza ante un público al que se le da un mensaje.

Aunque nace en Sicilia, su gran desarrollo se produce en Grecia de la mano de Sócrates, quién creó la escuela de oratoria de Atenas. En este inicio Sócrates plantea un concepto más amplio de la misión del orador, ya que debía ser un hombre instruido y con altos ideales éticos. Uno de los principales oradores de la historia fue Demóstenes, un filósofo ateniense, quien en el siglo IV antes de Cristo, se metía piedras en la boca para preparar sus discursos como ejercicio para controlar su tartamudez. Esta anécdota demuestra que el gran orador, es decir, el buen comunicador siempre necesitó una práctica y que todos estamos en la situación de poder mejorar.

Posteriormente este arte pasó a la República Romana, destacando Cicerón, pero esta disciplina entra pronto en crisis debido al poder que tenían los emperadores.

La historia nos demuestra que quien domina la palabra aventaja a los demás, y dominar la palabra conduce al librepensamiento, no en vano los grandes librepensadores de la historia son los que han influido en el curso de la misma.

“En lo necesario, verdad. En lo dudoso, libertad. Y en todo, amor” Agustín de Hipona

 

Han dejado gran huella en la historia los discursos de algunos oradores como Winston Churchill, al que debemos la expresión “sangre, sudor y lágrimas”, Franklin Delano Roosevelt quien nos dijo “a lo que hay que tener miedo es al mismo miedo”, Eva Perón, a la que imaginamos dirigiéndose a “sus queridos descamisados” incluso en su época más enferma, John F.Kennedy en su discurso inaugural apelando a la nación a actuar con “no os preguntéis que puede hacer vuestro país por vosotros, sino que podéis hacer vosotros por él”, el “sueño” que se hizo realidad de Martin L.King o “El gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” del discurso de Abraham Lincoln en la batalla de Gettysburg.

Por citar a alguna mujer más, ya que la mayoría de los grandes discursos de la historia son pronunciados por hombres, ya que eran ellos quienes tenían las oportunidades, nombramos a Susan B.Anthony, quien se dedicó a dar una gira exhaustiva de discursos a favor del voto femenino, en un tono calmado y sencillo que exasperaba a muchos de ellos, basado en contrastar la realidad con la lectura de la Declaración de Independencia.

Los grandes comunicadores, sin duda, han puesto su granito de arena en este mundo, han convencido a personas, con su actitud e ideas, a través de la palabra.

Pero el punto de partida es tener una idea y la autoestima necesaria para comunicarla.

“El inexperto piensa que el auditorio es un monstruo, con miles de ojos, dientes afilados y una perpetua mirada de sorna. Teme que se burle de él. Teme ser el centro de una inanimada atención. Pero la verdad es que el público no es así”. Mark Hanna

Los pasos para conseguir esa seguridad son: conocerse, aceptarse y amarse, esto, junto con el tener claro el mensaje que se quiere dar… y ciertas técnicas para hablar en público, podremos mejorar nuestra comunicación, que nuestro mensaje se entienda mejor, que vendamos mejor, que nos comprendan más, y si nuestro mensaje es verdadero, como ocurre con Nick Vujicic…intentar mejorar el mundo.

“El arte de expresar consiste en decir tres veces la misma cosa: Se la enuncia; se la desarrolla; y , finalmente, se la resume en un solo rasgo “ Jean Guiton.

¡Y se practica, practica, practica!

 

 

 

 

 

 

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